La rosa que marchitó Sánchez

España (abc)

Visto su rostro demudado, no sé si a Susana Díaz le servirá de consuelo responder a su orden de ejecución política emitida por Ferraz voceando lo que todos menos los muy cínicos saben: que esta pifia electoral es tan suya como de Pedro Sánchez. La lideresa del PSOE andaluz fabulaba con que ocurriera lo de siempre: ni el paro endémico, la pésima gestión sanitaria, los datos abisales de la Educación, el expolio impositivo, la corrupción sistémica o la Administración sobredimensionada podrían tumbar a la versión andaluza del PRI mexicano. Todo valía al PSOE, casi todo se le perdonaba y se aplaudía su demagógica verborrea de topicazo político. Hasta el domingo. La coraza era dura pero no tanto como para soportar al mismo tiempo el lógico desgaste del clientelismo y los embates del sanchismo. Mantener alejado de la campaña al lastre que es hoy el inquilino de la Moncloa no ha sido suficiente para evitar el hundimiento del socialismo porque hace tiempo que fue sustituido por el sanchismo, ese que cerró el puño no para sujetar la rosa sino para acabar de marchitarla. En Andalucía, afortunadamente, no asusta la bandera española y sí enerva el independentismo, el filoterrorismo y la constatación de que la banda de Sánchez está dispuesta a entregarse definitivamente a los que quieren romper con todo si así se garantizan poltrona. Por eso resulta de un cinismo mayúsculo escuchar a una mendicante y apocalíptica Susana suplicar seguir en el Palacio de San Telmo como farallón del constitucionalismo cuando el verdadero enemigo está en esa alianza pereversa que lidera Moncloa. Lo que nunca le ha servido le vale ahora para, dice, impedir que su tierra sea víctima de la ultraderecha. La de todos y la Constitución que nos da cobijo ya son rehenes del sanchismo y sus tóxicos aliados independentistas y populistas de izquierdas. Como ocurrió con Zapatero y ahora elevado a la enésima potencia con Sánchez, el PSOE no abronca a sus aliados sino que los jalea y, convertido en marca blanca, blanquea sus retrógrados discursos que atentan contra los cimientos del estado democrático y la monarquía. El PSOE, el del presidente Sánchez, no trata de moderar a su extremo sino que asume sus tesis. En la otra orilla, el PP de Casado no ha radicalizado su discurso sino que está cultivando el que dejó de verbalizar el marianismo. El joven líder de un partido viejo pugna por alejarse de su peor pasado corrupto pero también recuperar un espacio al que torpemente había renunciado su predecesor, víctima de los seculares complejos de la derecha. La tibieza de Mariano Rajoy con el independentismo y su tardía reacción ante el golpismo también agudizaron la desbandada de sus votantes antes de la irrupción del partido de Abascal. Si Moreno Bonilla, hijo político del perdedor Arenas, puede pavonearse pese a sus malos resultados es gracias a su jefe de Génova, mucho más que a sus ignotos méritos.

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