La pista de aterrizaje

España (abc)

Quim Torra le dijo ayer a Pedro Sánchez todo lo que quería, pero no todo lo que quería decirle. No es cierto que hablaran de todo. Hablaron de todo lo que el señor Torra cree que le hace quedar bien ante sus votantes: es decir la ratafía/identidad y los carquinyolis/autodeterminación, pero lo que en verdad Torra quería y no se atrevió a implorarle al presidente es un plan de infraestructuras y unas inversiones en la línea de lo que el PNV está consiguiendo para el País Vasco y que el independentismo político catalán, que siempre fue autonómico y autonomista, consideraría su mayor victoria, sólo comparable a la de poder enterrar para siempre la carraca del 1 de octubre. Esquerra, Junts per Cataluya y el PDECat están fundamentalmente de acuerdo en que la mejor solución sería la libertad para presos y desterrados, y un regreso al mercadeo periférico que les permitiera, de un lado, engrasar la maquinaria pública y privada, y del otro el victimismo nacionalista del «Madrid no nos quiere» para mantener en tensión a sus electores. No es que sea una posible solución, es que posiblemente sea la única que nos devuelva a la conllevancia, siempre a la espera de por dónde estallará el próximo conflicto. El vicepresidente de la Generalitat, y consejero de Economía, Pere Aragonès, principal referente político de Esquerra en el Govern, se entrevistará mañana con la vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo. Aragonès, que ya fue uno de los más solícitos colaboradores de Roberto Bermúdez de Castro durante la aplicación del artículo 155, está deseoso de empezar a transaccionar con Moncloa, de «hacer política» -como él dice- pero las mentes pensantes de los republicanos le han prohibido que salga de la reunión del jueves con ninguna clase de acuerdo que pueda hacerles parecer unos «trileros de la contrapartida», como si la política catalana no hubiera consistido, desde la recuperación de la democracia, siempre en esto mismo. Con su semblante de niño más mayor que los de su clase y que todo el día enfadado, Aragonès quiere disfrazar de épica del agravio, y de lo que «el Estado nos debe», la eterna y tan fructífera negociación entre el Gobierno y la Generalitat, que tuvo su momento más brillante, aunque esto suele olvidarse, durante la primera legislatura del presidente Aznar. Una vez más, la guerra no está entre Cataluña y España, ni entre el independentismo y el unionismo, sino entre Esquerra y Convergència para lograr su tan ansiada hegemonía autonómica. Los dos partidos tienen prisa para volver a exprimir al Gobierno pero se miran de reojo y ninguno de los dos quiere dar el primer paso, por si sus propios votantes les llaman traidores y les abandonan en la próxima cita electoral. Entre la incredulidad y la estupefacción, Perdo Sánchez administra los tiempos de lo que ha llamado «un conflicto político» para hinchar la vanidad de los independentistas, pero que en el fondo no es más que una riña de patio de colegio entre dos viejos enemigos que ya ni se acuerdan ni de por qué riñen, y un público absolutamente dispuesto a dejarse engañar por quien le diga la mentira más gorda: cualquier cosa menos tener que despertar de la ensoñación de que cada catalán es un héroe y de que la gesta «ja la tenim a tocar». El juves, como ayer, Esquerra mareará la perdiz con Carmen Calvo tal como Torra la mareó en La Moncloa. A la espera de que suceda algo que les permita avanzar en la correcta dirección, por ejemplo, la excarcelación de Junqueras y de Quim Forn, el deshielo tendrá aguardar todavía unas semanas -y puede que hasta algunos meses- para que pueda dar sus primeros resultados. ¿Ha vuelto la normalidad a Cataluña? Cataluña nunca fue normal ni nunca hemos vivido normalmente, pero todos los partidos independentistas, salvo la CUP, están limpiando la pista de aterrizaje que no hace tanto dijeron que no volverían a utilizar. Ahí van los más fieros propagandistas del “Puigdemont o elecciones”, o del “som república”, pasando por el aro de su sueldo y de su cargo autonómicos, y tirando del moño a quien pretende arrebatárselo. Quiza esto no sea la normalidad, pero ha sido el pan nuestro de cada día desde que el 1980 Jordi Pujol ganó sus primeras elecciones, y tan absurdo es decir que Cataluña es ya una república como que España no ha sido, hasta hoy -¡y lo que queda!- una historia de éxito.

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