De repente, fascistas

España (abc)

No sé si usted se preguntará qué les ha pasado a los andaluces para que cuatrocientos mil de ellos -un treinta por ciento votantes de izquierdas hasta ahora- se convirtieran el pasado domingo, de la noche a la mañana, en fascistas, según la terminología casposa y guerracivilista del inmaduro Pablo Iglesias. Un servidor, no. Un servidor no se lo pregunta, porque es fácil entender el hartazgo del personal ante la política caviar de la izquierda socialista, el vedetismo viajero de Pedro Sánchez, el burguesismo de sus ministros y el adoptado, con la mayor naturalidad, por muchos líderes morados que, en apenas una legislatura, han pasado de mileuristas a potentados. Es fácil entender la hartura y hasta el asco que les produce ver cómo sus problemas no se esfuman -sino que crecen como el precio del gasoil-, cuando gobierna una izquierda que se empacha de palabras como progresista, feminismo o lucha social. Ya decía don Jacinto Benavente que buena excusa la de quienes no aciertan a gobernar casa ni pueblo decir que son ingobernables. Para ellos lo son. Los votantes son ingobernables y las urnas son su palabra. Y en Andalucía las urnas han hablado alto y claro. El veredicto no admite dudas. La bilis que supuraban los discursos de los perdedores (aunque en algún caso no lo fueran numéricamente) se entendía mal y ponía de manifiesto que la palabra democracia es un vocablo que llena muchas bocas, pero habita en pocos espíritus. Al menos no en el de aquellos que no han sabido aceptar y respetar las reglas del juego. La reacción furibunda y crispada de los perdedores recordaba a la actitud del niño malcriado que se lleva el «scattergories» porque no se acepta pulpo como animal de compañía. Era de aurora boreal ver a los socialistas apelando, en una miopía sonrojante, a un frente constitucionalista que frene el avance de la -bautizada por el quintacolumnismo mediático- ultraderecha española, obviando sin rebozo que en Madrid gobiernan precisamente gracias a los partidos anticonstitucionalistas. Y no menos lo era la falta de estilo, elegancia y deportividad de una coalición -entre el neocomunismo podemita y la izquierda otrora con poso- que no ha entendido que perder era una opción (quizá porque en las dictaduras de las que ellos proceden ideológicamente eso nunca pasa). Nos vamos a hartar de escuchar eso de que la ultraderecha, los fascistas, han aterrizado en España. Pero quizá el madurista proiraní Pablo Iglesias debería entender que la extrema izquierda, a la que él representa, engendra a la extrema derecha y viceversa. Y que si ésta florece es en buena medida gracias a él. Quizá en un futuro cercano en España mucha gente acabe siendo… de repente, fascista, como en Andalucía.
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